"...y miren lo que son las cosas que para que nos vieran nos tapamos el rostro; para que nos nombraran nos negamos el nombre; apostamos el presente para tener futuro; y para vivir.... morimos" Subcomandante Marcos

domingo, 4 de noviembre de 2012

Hijo de Ladrón. Manuel Rojas (extracto).

"Hace muchos años. Ahora, apenas me pongo delante de una puerta o frente a un hombre que lleva su cartera en el bolsillo, me tiritan las manos y todo se me cae, la ganzúa o el diario; y he sido de todo, cuentero, carterista, tendero, llavero. Tal vez debería irme de aquí, pero ¿adónde? No hay ciudad mejor que ésta y no quiero ni pensar quo podría estar preso
en un calabozo extraño. Es cierto: esta ciudad era antes mucho mejor; se robaba con más tranquilidad y menos peligros; los ladrones la echaron a perder. En esos tiempos los agentes lo comprendían todo: exigían, claro está, que también se les comprendiera, pero nadie les negaba esa comprensión: todos tenemos necesidades. Ahora...».

«No sé si ustedes se acuerdan de Victoriano Ruiz; tal vez no, son muy jóvenes; el caso fue muy sonado entre el ladronaje y un rata quedó con las tripas en el sombrero. ¡Buen viaje!. Durante años Victoriano fue la pesadilla de los ladrones de cartera. Entró joven al servicio y a los treinta ya era inspector. Vigilaba las estaciones y estaba de guardia en la Central doce o catorce horas diarias. Para entrar allí había que ser un señor ladrón, no sólo para trabajar, sino también para vestir, para andar, para tratar. Ningún rata que no pareciese un señor desde la cabeza hasta los pies podía entrar o salir, y no muy seguido; Victoriano tenía una memoria de prestamista: cara que veía una vez, difícilmente se le borraba, mucho menos si tenía alguna señal especial».

«El Pesado entró dos veces, no para robar sino a tomar el tren, y las dos veces Victoriano lo mandó a investigaciones; no volvió más. Víctor Rey, gran rata, logró entrar una vez y salir dos; pero no perecía un señor: parecía un príncipe; se cambiaba ropa dos veces al día y las uñas le relucían como lunas. Salía retratado en una revista francesa; alto, moreno, de bigotito y pelo rizado, un poco gordo y de frente muy alta, parecía tan ladrón como yo parezco fiscal de la Corte de Apelaciones. Conocía a Victoriano como a sus bolsillos ––antes a venir se informó–– y la primera vez salió de la estación con veinticinco mil pesos y varios cheques. Era el tren de los estacioneros. Victoriano recibió la noticia como un joyero recibe una pedrada en el escaparate. Ningún carterista conocido ni ningún sospechoso entró aquel día a la estación ni fue visto en un kilómetro a la redonda. No se podía hablar de una pérdida de la cartera; el hombre la traía en un bolsillo interior del chaleco y Víctor debió desabrochárselo para sacársela. No cabía duda. Victoriano recorrió en su imaginación todas las caras extrañas vistas en ese día y esa hora. Conocía a todos los estacioneros y gente rica de la provincia, y ellos, claro está, también lo conocían. Al salir y pasar frente a él lo miraban de frente o de reojo, con simpatía, pero también con temor, pues la policía, cosa rara, asusta a todo el mundo y nadie está seguro de que el mejor día no tendrá que verse con ella. Entre aquellas caras extrañas no encontró ninguna que le llamara la atención. No se podía pensar en gente mal vestida; los ladrones de toda la república y aun los extranjeros sabían de sobra que meterse allí con los zapatos sucios o la ropa mala, sin afeitarse o con el pelo largo, era lo mismo que presentarse en una comisaría y gritar: «Aquí estoy; abajo la policía». Los ayudantes de Victoriano lo sacaban como en el aire».

«¿Entró y salió el ladrón o entró nada más? Lo primero era muy peligroso: no se podía entrar y salir entre un tren y otro sin llamar la atención de Victoriano y sin atraerse a sus ayudantes. Víctor Rey salió, pues venía llegando, y bajó de un coche de primera con su maletín y con el aire de quien viene de la estancia y va al banco a depositar unos miles de pesos. Al pasar miró, como todas los de primera lo hacían, es decir, como lo hacían todos los que llevaban dinero encima ––y él lo llevaba, aunque ajeno––, a Victoriano, que estaba parado cerca de la puerta y conversaba con el jefe de estación. Todo fue inútil: no encontró nada, una mirada, un movimiento, una expresión sospechosa. La víctima le dio toda clase de detalles, dónde venía sentado, quién o quiénes venían al frente o a los dos lados, con quién conversó, en qué momento se puso de pie y cómo era la gente que bajaba del coche, todo. Todo y nada».

«Victoriano se tragó la pedrada y declaró que no valía la pena detener preventivamente a nadie: el ladrón, salvo que fuera denunciado por otro ladrón, no sería hallado. Víctor Rey, que supo algo de todo esto por medio de los diarios, dejó pasar algún tiempo, dio un golpe en el puerto, otro en un banco, y después, relamiéndose, volvió a la Central; mostró su abono, subió al coche, se sentó y desde ahí miró a su gusto a Victoriano, que vigilaba la entrada en su postura de costumbre, debajo del reloj del andén, las piernas entreabiertas y las manos unidas en la espalda a la altura de los riñones; se bajó en la primera estación, llamó el mejor coche y se fue: siete mil patacones. Victoriano fue a la Dirección y preguntó al jefe si era necesario que presentara su renuncia; el jefe le preguntó qué le había picado. ¿Iba a perder su mejor agente nada más que porque un boquiabierto dejaba que le robaran su dinero? Ándate y no seas zonzo. Se metió el puro hasta las agallas y siguió leyendo el diario. El Inspector volvió a la estación y durante varios días pareció estar tragándose una boa. Alguien es estaba riendo de todos. Y no es que Victoriano fuese una mala persona, que odiara a los ladrones y que sintiera placer en perseguirlos y encarcelarlos; nada de eso: no iba jamás a declarar a los juzgados; mandaba a sus ayudantes; pero era un policía que estaba de guardia en una estación y debía cuidarla; era como un juego; no le importaba, por ejemplo, que se robara en un Banco, en un tranvía o a la llegada de los barcos y nunca detuvo a nadie fuera de la Central. Su estación era estación. Llamó a los ayudantes, sin embargo, y les pidió que fueran al Departamento y tiraran de la lengua a todos los ratas que encontraran, por infelices que fueran; era necesario saber si algún carterista extranjero había
llegado en los últimos tiempos; y no se equivocaba en lo de extranjero. Víctor Rey era cubano, pero no sacaron nada en limpio: nadie sabía una palabra».

«Días después bajó de un tren de la tarde un señor de pera y ponchito de vicuña y habló con el inspector. ¿Qué es lo que sucede, para qué sirve la policía?, ¿hasta cuándo van a seguir los robos? ¡Me acaban da sacar la cartera! ¡Tenía doce mil nacionales! ¡Cien, doscientas, quinientas vacas! Victoriano sintió deseos de tomar un palo y darle con él en la cabeza; se contuvo y pidió al señor que se tranquilizara y le diera algunos datos: qué o quién llamó su atención, quién se paró frente a él o al lado suyo con algo sospechoso en la mano, un pañuelo, por ejemplo, o un sobretodo. El señor no recordaba; además, era corto de vista, pero sí, un poco antes de echar de menos la cartera, percibió en el aire un aroma de tabaco habano. Se puso los anteojos para ver quién se permitía fumar tan fino, pero nadie estaba fumando cerca de él. Por lo demás, toda la gente que le rodeaba le había parecido irreprochable. ¿Por qué va a ser sospechoso un señor que saca un pañuelo o lleva un diario en las manos? Total: nada. Victoriano rogó al señor que no dijera una palabra acerca del aroma del tabaco fino, y el señor, a regañadientes, pues aquello le parecía una estupidez, se lo prometió. De modo que se trataba de un fumador de finos tabacos... Bueno, podía ser, y no se equivocó: Víctor Rey adoraba el tabaco de su tierra y manejaba siempre en una cigarrera con monograma dos o tres puros de la más fina hebra de Vuelta Abajo. Un fumador de buenos tabacos debería ser un señor... ¿Cómo?».

«Se imaginó uno, pero sólo la casualidad hizo que diera con el rata. Víctor Rey pasó a su lado sólo minutos después de terminar uno de sus puros y llevando aún en los bigotes el perfume del Corona; Victoriano recibió en sus narices de perro de presa el aroma de que hablara el señor del ponchito. Se quedó de una pieza. Lo dejó alejarse y se colocó de modo de no perderlo de vista. Observó los movimientos; llevaba sobre todo en el brazo izquierdo y un maletín en la mano derecha; dejó éste en el asiento, y ya iba a dejar también el sobretodo, cuyo forro de seda era resplandeciente, cuando vio que un vejete se acercaba; lo tocó a la pasada: llevaba una cartera con la que apenas podía. Victoriano subió a la plataforma de un salto, y cuando Víctor Rey, ya lanzado sobre su presa, se colocaba en posición de trabajo y ponía una mano sobre el hombro del viejo para hacerlo girar, sintió que otra mano, más dura que la suya, se apoyaba sobre su hombro; viró, sorprendido, y se encontró con la cara de Victoriano. El Inspector pudo haber esperado y tomar al cubano con las manos en la masa, es decir, con la cartera del vejete en su poder, con lo cual lo habría metido en un proceso, pero eso no tenía importancia para él; no le importaba el vejete ni su
cartera, y apenas si le importaba Víctor: lo que él quería era que nadie robase en su estación ni hasta unas diez estaciones más allá de la suya, por lo menos. Víctor Rey, por su parte, pudo haber resistido y protestar, decir que era un atropello, sacar billetes de a mil, mostrar sus anillos, su reloj, su cigarrera, pero, hiciera lo que hiciere, jamás volvería a entrar a aquella estación. ¿Para qué entonces? El escándalo, además, no le convenía. Sonrió a Victoriano y bajó del tren sin decir una palabra; nadie se enteró de la detención de una rata que llevaba robados allí una punta de miles de nacionales. Victoriano fue con él hasta el Departamento, en coche, por supuesto, ya que Víctor se negó a ir de otra manera, lo dejó en buenas manos y regresó a la estación fumándose uno de los puros de Víctor. El rata se lo obsequió. Al día siguiente, Víctor Rey fue embarcado en un vapor de la carrera Rosario-Buenos-Aires-Montevideo, dejando en manos de la policía ––que no hubiese podido probarle su golpe en la estación ni en los bancos––, sus impresiones digitales, su retrato de frente y de perfil, sus medidas antropométricas ––como decimos los técnicos–– y todos los puros que le quedaban».

«Victoriano había ganado otra vez, pero no siempre ganaría; era hombre y alguna falla debía tener. Un día apareció: miraba desde el andén cómo la gente pasaba y repasaba por el pasillo de un coche de primera, cuando vio un movimiento que no le dejó duda: alguien se humedecía con la lengua las yemas de los dedos, es decir; había allí un ladrón que se preparaba para desvalijar a alguien y que empezaba por asegurarse de que la cartera no se le escurriría de entre los dedos cuando la tomase. (Es una mala costumbre, muchachos; cuidado con ella). Corrió hacia la portezuela del coche y subió a la plataforma; cuando miró hacia el pasillo el rata salía por la otra puerta: escapaba; llegó a la plataforma y giró para el lado contrario del andén, saltando a tierra. Victoriano retrocedió e hizo el mismo movimiento; se encontró con algo tremendo: una máquina que cambiaba línea había tomado al hombre, que yacía en el suelo, las piernas entre las ruedas y la cara hundida en la tierra; en la mano derecha tenía la cartera que acababa de sacar al pasajero. Victoriano corrió, lo tomó de los hombros y tiró de él; era tarde; la máquina le había destrozado la pierna derecha. El Inspector, que notó algo raro, la palpó los brazos y descubrió que el desgraciado tenía un brazo postizo... Gritó y acudió gente, empleados del tren, pasajeros, entre éstos la persona recién robada, que el ver la cartera se palpó el bolsillo, la recogió y volvió el tren, mudo de sorpresa. Victoriano, al arrastrar el cuerpo del hombre que se desangraba, se dio cuenta, por primera vez en su vida, de lo que representaba para la gente de esa estofa: su papel era duro y bastaba su presencia para asustarlos hasta el extremo de hacerlos perder el control.
Ese hombre era un ladrón, es cierto, pero la sangre salía espantosamente de su pierna destrozada y la cara se le ponía como de papel; se asustó y se sintió responsable. Vinieron los ayudantes, se llamó a la ambulancia el herido fue trasladado al hospital; Victoriano fue con él y no lo dejó hasta que los médicos le dijeron que el hombre se salvaría: la pierna fue amputada un poco más arriba de la rodilla. No volvió a la estación. Se fue a su casa y al otro día, a primera hora, visitó al detenido. Pasaron los días y conversé con él: el Manco Arturo había perdido el brazo en un encuentro parecido, al huir de la policía en una estación. Robaba utilizando el que le quedaba; cosa difícil; un carterista con un solo brazo es como un prestidigitador con una sola maño. Robaba solo; le era imposible conseguir compañeros: nadie creía que con un solo brazo y con sólo cinco dedos sé pudiera conseguir jamás una cartera, mucho menos unas de esas gordas que se llevan, a veces, abrochadas con alfileres de gancho, en el bolsillo del saco. Era un solitario que vivía feliz en su soledad y que por eso contaba con el respeto y admiración de las demás ratas. Y ahora perdía una pierna...».

«Victoriano se hizo su amigo y contribuyó con algunos pesos a la compra de la pierna de goma que algunos rateros de alto bordo regalaron a Arturo. Conversó también con ellos; jamás había conversado con un ladrón más de unos segundos; ahora lo hizo con largueza. Arturo era un hombre sencillo; había viajado por Europa, hablaba francés ––lo aprendió durante unos años de cárcel en París–– y era un hombre limpio que hablaba despacio y sonriendo. El inspector, que en sus primeros años de agente lidió con lo peor del ladronaje, ratas de baja categoría, insolentes y sucios, seguía creyendo que todos eran iguales; es cierto que había pescado algunos finos truchimanes, especies de pejerreyes si se les comparaba con los cachalotes de baja ralea, pero nunca se le ocurrió conversar con ellos y averiguar qué clase de hombres eran, y no lo había hecho porque el juicio que tenía de ellos era un juicio firme, un prejuicio: eran ladrones y nada más. Arturo le resultó una sorpresa, aunque una dolorosa sorpresa: nadie le quitaba de la mente la idea de que el culpable de que ese hombre hubiese perdido una pierna era él y fue inútil que Arturo le dijese que era cosa de la mala suerte o de la casualidad. No. Después de esto empezó a tratar de conocer a los ladrones que tomaba y a los que, por un motivo u otro, llamaban su atención en los calabozos del Departamento. Se llevó algunas sorpresas agradables y recibió, otras veces, verdaderos puntapiés en la cara, había hombres que hablaban y obraban como dando patadas; desde allí la escala subía hasta los que, como Arturo, parecían pedir permiso para vivir, lo que no les impedía, es cierto, robar la cartera, si podían, al mismísimo ángel de la guarda, pero una cosa es la condición y otra la profesión. Los mejores eran los solitarios,
aunque tenían algo raro que algunas veces pudo descubrir: el carácter, las costumbres, de dónde salían. Terminó por darse cuenta, a pesar de todas las diferencias, de que eran hombres, todos hombres, que aparte su profesión, eran semejantes a los demás, a los policías, a los jefes, a los abogados, a los empleados, a los gendarmes, a los trabajadores, a todos los que él conocía y a los que habría podido conocer. ¿Por qué no cambiaban de oficio? No es fácil hacerlo: los carpinteros mueren, carpinteros y los maquinistas, maquinistas, salvo rarísimas excepciones».

«Pero faltaba lo mejor: un día se encontró cara a cara con El Camisero, ladrón español, célebre entre los ladrones, hombre, que a las dos horas de estar detenido en una comisaría, tenía de su parte a todo el personal, desde los gendarmes hasta los oficiales, pocos podían resistir su gracia, y si en vez de sacarle a la gente la cartera a escondidas se la hubiese pedido con la simpatía con que pedía a un vigilante que le fuese a traer una garrafa de vino, la verdad es que sólo los muy miserables se la habrían negado. Cuando Victoriano lo tomó y lo sacó a la calle, oyó que El Camisero le preguntaba lo que ladrón alguno le preguntara hasta entonces: ¿adónde vamos? Le contestó que al Departamento. ¿Adónde podía ser? Hombre, creí que me llevaba a beber un vaso de vinillo o algo así, por aquí hay muy buenas aceitunas. Dos cuadras más allá Victoriano creyó morirse de risa con las ocurrencias del madrileño y siguió riéndose hasta llegar al cuartel, en donde, a pesar de la gracia que le había hecho, lo dejó, volviendo a la estación. A los pocos días, y como no existía acusación de ninguna especie contra él, El Camisero fue puesto en libertad, y en la noche, a la llegada del tren de los millonarios, Victoriano, con una sorpresa que en su vida sintiera, vio cómo El Camisero, limpio, casi elegante, con los grandes bigotes bien atusados, bajaba de un coche de primera, sobretodo al brazo, en seguimiento de un señor a quien parecía querer sacar la cartera poco menos que a tirones. Victoriano quedó con la boca abierta: El Camisero, al verlo, no sólo no hizo lo que la mayoría de los ladrones hacía al verlo: esconderse o huir, sino que, por el contrario, le guiñó un ojo y sonrió, siguiendo aprisa tras aquella cartera que se le escapaba. Cuando reaccionó, el rata estaba ya fuera de la estación, en la calle, y allí lo encontró, pero no ya alegre y dicharachero como la vez anterior y como momentos antes, sino que hecho una furia: el pasajero había tomado un coche, llevándose su cartera. ¡Maldita sea! ¡Que no veo una desde hace un año! Tuvo que apaciguarlo. ¡Tengo mujer y cinco hijos y estoy con las manos como de plomo! ¡Vamos a ver qué pasa!».

«Y nadie supo, ni en ese tiempo ni después, qué más dijo el rata ni qué historia contó ni qué propuso al inspector. Lo cierto es que desde ese día en adelante se robó en la estación de
Victoriano y en todas las estaciones de la ciudad como si se estuviera en despoblado; las carteras y hasta los maletines desaparecían como si sus dueños durmieran y como si los agentes no fuesen pagados para impedir que aquello sucediera. El jefe llamó a Victoriano: ¿qué pasa? Nada, señor. ¿Y todos esos robos? Se encogió de hombros. Vigilo, pero no veo a nadie; ¿qué quiere que haga? Vigilar un poco más».
Se le sacó de la estación y fue trasladado a los muelles. Allí aliviaron de la cartera, en la misma escala de desembarcó, al capitán de un paquete inglés: puras libras esterlinas; lo mandaron a un banco y el gerente pidió que lo cambiaren por otro: los clientes ya no se atrevían a entrar; y allí donde aparecía, como el cien ladrones aparecieran junto con él, no se sentían más que gritos de: ¡mi cartera!, ¡atajen al ladrón!; un ladrón que jamás ara detenido. Se le llamó a la jefatura, pero no se sacó nada en limpio, y lo peor fue que se empezó a robar en todas partes, estuviese o no Victoriano; los ladrones habían encontrado, por fin, su oportunidad y llegaban de todas partes, en mangas, como las langostas, robando a diestro y siniestro, con las dos manos, y marchándose en seguida, seguros de que aquello era demasiado lindo para que durase; la población de ratas aumentó hasta el punto de que en las estaciones se veía a veces tantos ladrones como pasajeros, sin que por eso llevaran más detenidos al Departamento, donde sólo llegaban los muy torpes o los que eran tomados por los mismos pasajeros y entregados, en medio de golpes, a los vigilantes de la calle, ya que los pesquisas brillaban por su ausencia. Los vigilantes, por lo demás, no entraban en el negocio. Los jefes estaban como sentados en una parrilla, tostándose a fuego lento. Intervino el gobernador de la provincia. Se interrogó a los agentes y nadie sabía una palabra, aunque en verdad lo sabían todos, muy bien, así como lo sabían los carteristas: Victoriano y los demás inspectores y los agentes de primera, de segunda y aun de tercera clase recibían una participación de la banda con que cada uno operaba. Habían caído en una espantosa venalidad, Victoriano el primero, humanizándose demasiado. Un día todo terminó, y la culpa, como siempre, fue de los peores: el Negro Antonio, que aprovechando aquella coyuntura pasara de atracador a carterista, sin tener dedos para el órgano ni para nada que no fuese pegar o acogotar en una calle solitaria y que no era en realidad más que una especie de sirviente de la cuadrilla que trabajaba bajo el ojo bondadoso, antes tan terrible, de Victoriano, fue detenido, borracho, en la Central: no sólo intentó sacar a tirones una cartera a un pasajero, sino que, además, le pegó cuando él hombre se resistió a dejarse desvalijar de semejante modo. Era demasiado. En el calabozo empezó a gritar y a decir tales cosas que el jefe, a quien se te pasó el cuento, lo hizo llevar a su presencia ¿Qué estás diciendo? La
verdad. ¿Y cuál es la verdad? A ver vos sos un buen gaucho; aclaremos. Y el Negro Antonio, fanfarrón y estúpido, lo contó todo: Victoriano, y como él la mayoría de los agentes, recibían coimas de los ladrones. Mientes. ¿Miento? ¿Quiere que se lo pruebe? Te pongo en libertad incondicional. Hecho.

«El jefe apuntó la serie y los números de diez billetes de cien pesos y se los entregó. El Negro fue soltado, poniéndosele un agente especial para que lo vigilara. Una vez en la calle, el Negro tomó un tren dos o tres estaciones antes de aquella en que estaría Victoriano, llegó, bajó y a la pasada le hizo una señal. Minutos después, en un reservado del restaurante en que Victoriano acostumbraba a verse con El Zurdo Julián, jefe de la banda, Antonio le entregó los diez billetes. ¿Y esto? Se los manda El Zurdo; siguió viaje a Buenos Aires. El inspector se quedó sorprendido: no acostumbraba a entenderse con los pájaros de vuelo bajo, pero allí estaban los mil pesos, que representaban una suma varias veces superior a lo que él ganaba en un mes, y se los guardó. El negro se fue. Victoriano esperó un momento y salió: en la acera, como dos postes, estaban dos vigilantes de uniforme que se le acercaron y le comunicaron, muy respetuosamente, que tenían orden de llevarlo al Departamento. Victoriano rió, en la creencia de que se trataba de una equivocación, pero uno de los vigilantes le dijo que no había motivo alguno para reírse; sabían quién era y lo único que tenía que hacer era seguirlos. Quiso resistirse y el otro vigilante le manifestó que era preferible que se riera: pertenecían al servicio rural, que perseguía bandidos y cuatreros y habían sido elegidos por el propio jefe. Así es que andando y nada de meterse las manos en los bolsillos, tirar papelitos u otros entretenimientos Victoriano advirtió que el asunto era serio y agachó la cabeza».

«En la oficina y delante del jefe, lo registraron: en los bolsillos estaban los diez billetes de cien pesos, igual serie, igual número. No cabía duda. Está bien. Váyanse. Victoriano no negó y explicó su caso: tenía veintitrés años de servicio; entrado como agente auxiliar, como se hiciera notar por su habilidad para detener y reconocer, ladrones de carteras, se le pasó el servicio regular, en donde, en poco tiempo, llegó a ser agente de primera, y años después, inspector. Allí se detuvo su carrera, llevaba diez años en el puesto y tenía un sueldo miserable: cualquiera de los estancieros que viajaban en el tren de las 6.45 llevaba en su cartera, en cualquier momento, una cantidad de dinero superior en varias veces a su sueldo anual. Él tenía que cuidarles ese dinero, sin esperanzas de ascender a jefe de brigada, a subcomisario o a director; esos puestos eran políticos y se daban a personas que estaban al servicio de algún jefe de partido. No podía hacer eso; su trabajo no se lo permitía y su carácter no se prestaba para ello; tampoco podía pegar a nadie ni andar con chismes o delaciones, como un matón o un alcahuete».

«Había perseguido y detenido a los ladrones tal como el perro persigue y caza perdices y conejos, sin saber que son, como él, animales que viven y necesitan vivir, y nunca, hasta el día en que El Manco Arturo cayó bajo las ruedas de una locomotora al huir de él, pensó o sospechó que un ladrón era también un hombre, un hombre con los mismos órganos y las mismas necesidades de todos los hombres, con casa, con mujer, con hijos. Esa era su revelación: había descubierto al hombre.
¿Por qué era entonces policía? Porque no podía ser otra cosa. ¿No le pasaría lo mismo al ladrón? Luego vino el maldito Camisero: jamás, ningún ladrón, tuvo el valor de hacerle frente y conversar con él; lo miraban nada más que como policía, así como él los miraba nada más que como ladrones; cuando tomaba uno lo llevaba al cuartel, lo entregaba y no volvía a saber de él hasta el momento en que, de nuevo, el hombre tenía la desgracia de caer bajo su mirada y su amo y jamás una palabra, una conversación, una confidencia, mucho menos una palabra afectuosa, una sonrisa. ¿Por qué? El Camisero fue diferente; le habló y lo trató como hombre; más aún, se rió de él, de su fama, de su autoridad, de su amor al deber: ése era un hombre. Había recibido dinero, sí, pero ése era otro asunto: el jefe debía saber que en su vida no había hecho sino dos cosas: detener ladrones y tener hijos, y si en el año anterior había detenido más ladrones que otro agente, también ese mismo año tuvo su undécimo hijo...»

«El jefe, hombre salido del montón, pero que había tenido la habilidad de ponerse al servicio de un cacique político, lo comprendió todo, las cosas, sin embargo, ya no podían seguir así y aunque estimaba a Victoriano como a la niña de sus ojos, ya que era su mejor agente, le hizo firmar la renuncia, le dio una palmadita en los hombros y lo despidió, y aquella noche, a medida que los agentes llegaban al Departamento a entregar o a recibir su turno, fueron informados de su suerte: despedido, interino; confirmado... Victoriano vive todavía y por suerte para él, sus hijos han salido personas decentes. Aurelio es su hijo mayor. ¿El Negro Antonio? El Zurdo Julián le pegó una sola puñalada».

miércoles, 3 de octubre de 2012

"La mujer avanzaba en su tarea de maniatar suavemente al chico, de quitarle fibra a fibra sus últimos restos de libertad, en una lentisima tortura deliciosa. Imaginé los finales posibles (ahora asoma una pequeña nube espumosa, casi sola en el cielo), preví la llegada a la casa (un piso bajo probablemente, que ella saturaría de almohadones y de gatos) y sospeché el azoramiento del chico y su decisión desesperada de disimularlo y de dejarse llevar fingiendo que nada le era nuevo. Cerrando los ojos, si que los cerré, puse en orden la escena, los besos burlones, la mujer rechazando con dulzura las manos que pretendían desnudarla como en las novelas, en una cama que tendría un edredón lila, y obligándolo en cambio a dejarse quitar la ropa, verdaderamente madre e hijo bajo una luz amarilla de opalinas, y todo acabaría como siempre, quizá, pero quizá todo fuera de otro modo y la iniciación del adolescente no pasara, no la dejaran pasar, de un largo proemio donde las torpezas, las caricias exasperantes, la carrera de las manos se resolviera quién sabe en qué, en un placer por separado y solitario, en una petulante negativa mezclada con el arte de fatiga y desconcertar tanta inocencia lastimada. Podía ser así, podía muy bien ser así; aquella mujer no buscaba un amanta en el chico, y ala vez se lo adueñaba para un fin imposible de entender si no lo imaginaba como un juego cruel, deseo de desear sin satisfacción, de excitarse para algún otro, alguien que de ninguna manera podía ser ese chico."
Julio Cortazar. Las armas secretas.

viernes, 7 de septiembre de 2012

pa' elante.

Tengo muchas razones para escribir hoy... Hoy terminó, c'est fini.
De cierto modo ahora que pasó el momento de los qué hubo, en dónde había que dar la estocada final, creo que no tuve el valor, tenía miedo y todavía lo tengo, no me había dado cuenta tampoco, últimamente me vengo decepcionando mucho de mí mismo, más que de los  demás. He pensado, que por cierta parte, esta es una muy buena opción, muchos de los problemas terminaron también, se fueron, se los llevó el viento de septiembre. Tenía que ser así, y más que por intentar autonconvencerme,  lo digo por que los hechos y la razón lo dictaban así... Por mi parte, en mi defensa, puedo decir que lo intenté dentro de mis capacidades y posibilidades, igual siento que perdí... el tiempo dirá cuanto perdí.
Si lo miro para bien o para mal, estuvo bien que las cosas terminaran. Si me quería un poco, era lo que teníamos que hacer, si no me quería, también era lo que teníamos que hacer, si queríamos que las cosas no se pudrieran más, también...  aún así, siento que pudimos haber dado más, porque nunca alcanzamos a ser algo, tampoco, yo tuve la intención, yo la quería igual, a pesar de toda la mierda, de todo lo que pudo haber pasado antes, yo quería saltar... pero no, nunca pudimos, nunca pudo, de cierto modo fui un cobarde también, pero para ser honesto, menos que ella.
Por otra parte, ahora que puedo ver las cosas desde otro punto de vista, desde otro foco, fuera del hecho mismo. Soy capaz de analizar mis acciones de un modo más profundo, creo que una de las primeras conclusiones a las que he podido llegar es que no sé amar, ahora, no sé si alguna vez me he podido entregar a alguien de verdad, no sé si soy tan "amable" tampoco... no sé si he hecho las cosas bien en ese aspecto, creo que estructuralmente, estoy mal y creo que necesito cambiar algunas cosas fundamentales. Como experiencia, esta, es muy buena, porque siento que puedo sacar muchas lecciones, muchas nuevos aprendizajes, puntos y materia que vienen a sumar más que a restar. Eso me agrada...
Ahora, llendo más directamente a mis persona, a mi ser, a mis sentimientos, ahora me siento.... no sé, creo que hablando en terminos más generales, bipolar y débil, lo que encuentro que es muy peligroso. También tengo como una sensación rara e incomoda en la guata, creo que es la angustia y el miedo, hace tiempo que no estaba en la situación en la que estoy ahora... de soltero a más soltero jajaja (menos mal que llegó la primavera y de cierto modo el frío se fue un poco). No me gusta sentirme así; sé que las cosas no van a cambiar mucho tampoco, de aquí a un tiempo más, tengo esa impresión de las cosas. Ella no volverá como volvió antes, por la razón que sea, yo no volveré tampoco, esta vez haremos las cosas bien, como debimos haberlas hecho hace mucho tiempo, solo espero... solo espero que dentro de todo lo que pasó (qué ya significo harto dolor y desilución), no haya más dolor y desiluciones, que todo haya quedado allí, en ese abrazo y besito tierno. No quiero pasarme rollos de nada, "¿qué hubiera pasado si...? y ¿por qué dijo esto?, ¿qué significado tendra esto otro?" y así suma y sigue, esos pesamientos acaban con el estado de animo de cualquiera.
Entonces, tengo pena, miedo y alegría, todo a la vez. Son sentimientos de cierto modo que no van de la mano, los 3 juntos, no hay combinaciones... aquí hay polvora, falta el fuego, esa es mi sensación, igual, esa polvora, metaforicamente hablando, está mojada y  no creo que prenda. Hoy no vuelvo a ningún lado y tampoco vuelvo más lolein ni nada, estoy ahí, solito caminando, como siempre quizás... Soy un caminante cansado, con el corazón cansado y dolido, desilucionado, y aunque suene pussy, no quiero más intentos de algo en un largo rato, quiero ser yo ahora el que importe, recuperar todo lo que perdí, ganar experiencias nuevas en otros ambitos, trabajar, en volá crecer... xD
creo que ya es tiempo... :)






domingo, 15 de julio de 2012

Estoy parado en la muralla que divide todo lo que fue de lo que será.

Estoy con muchas cosas en la cabeza, muchas ideas, muchos pensamientos. Hay tres temas que me tienen ocupado: La universidad, mi vida y ella. Me agrada saber que el último tema que mencioné, ya no ocupa tantas horas de mis pensamientos ni de mi preocupación como los dos temas anteriores. El primero, la universidá. Sí wachos, me la estoy farreando y en mala, de hecho, nunca creí caer tan bajo. Tengo mucha responsabilidad en todo esto, sin duda, pero no total. Últimamente he estado deprimido, no depresivo, solo derpimido, y en gran parte es por ello. La universidad, MI responsabilidad y creo que mi única responsabilidad me ha hecho cuestionarme hasta los más infios detalles de mi presente, de mi pasado y futuro. No quiero terminar trabajando, no quiero trabajar, no quiero que mi vida se transforme en eso y sea eso, no quiero que me la roben, no quiero perderla, no quiero terminar siendo un automata, un institucionalizado, no quiero acostumbrarme a las cuatro paredes de donde sea, no quiero perder el arrojo, el atrevimiento, la rebeldía, y comenzar a adquirir un miedo aterrador a la libertad. No, esa no es la vida que elijo. Pero lamentablemente esa es la vida que me dan y que de cierto modo, tendré que recojer, aunque sea, en parte, Necesito vivir, pero para ello necesito sobrevivir, necesito dinero, necesito trabajar. jajaja He llegado a pensar y legitimar ciertos actos delictuales que para la mayoría serían aborrecedores. Solo para poder tener un poco de dinero y desaparecer. No señores, no soy ni sirvo para nada de eso, no creo que pueda lograrlo. Yo tenía un plan y de a poco se me está llendo a la mierda, en gran parte por mí culpa... es triste pero es. Pensando en todo esto y más, creo que llegó el momento de cambiar, de saltar o enfrentar la extinción, mi propia extinción. Creo que toqué fondo, sé que puedo llegar más abajo aún, pero no tengo ni el más minimo interes en lelgar allí. Nunca pensé en que me fuera tan mal en la universidad, nunca llegué a tener un nivel de irresponsabilidad y de desprecupación de mi vida y mis responsabilidades  tan bajo. Si lo miro por otro lado, estoy a un paso de perderlo todo, hasta la esperanza, estoy a un paso de ser libre. Pero tengo miedo... Siento que tengo mi vida aquí, en mis manos. No se me está llendo entre los dedos, pero estoy al borde de que comienze a escurrirse como el agua. Necesito orden, necesito cambiar, necesito saltar. Ya es tiempo, si no lo hago, moriré. Aún estoy a tiempo jajaja Me agrada saber eso, que aún está en mis manos en poder de cambiarlo todo, necesito ayuda, claramente...y creo que sé donde puedo encontrarla.

Pasando al último y tercer tema, que tabmién tiene relación con mi vida entera, también siento que he tocado fondo, pero en otro aspecto, no con ella. Ella no tiene nada que ver. Creo que he tenido las experiencias que siempre quise tener, pero ahora cuando las tengo, las siento angustiantes y vacías de todo valor y significado.  No quiero eso tampoco para mi vida, también necesito dar un cambio radical en eso. Ahora, ella... allí, todo es muy confuso y me he cansado de pensar en eso. Solo dejo que las cosas fluyan, quizás es es la solución a muchos de mis problemas. Por ahora, esoty mejor que antes, pero aún así deprimido. Quiero que las cosas cambien, para mejor. Las últimas desiciones no han sido para nada las correctar, no tengo la intención de volver a cometer los mismos errores. Necesito cambiar.



martes, 3 de julio de 2012

Periodo raro.

Creo que este periodo es extraño, nunca pensé caer en algunas redes, en algunas trampas; creí, talvez, que era más inteligente, pero no. Las cosas no han mejorado mucho en todo este tiempo (durante el que no he escrito, quizás por eso no he querido volver a escribir, esperando algo, algo que lo cambie todo.. para bien)
Ya no estoy tan confuso como antes si, aunque de vez en cuando tengo alguna que otra pequeña recaída, pero son pocas y controlables. Si tuviese que definir el presente en una sola palabra, sería decepción. Sí, decepcionado con la vida, conmigo mismo, con los demás. No encuentro a nadie que no lo haya hecho. No me siento triste ni mal, sólo es decepcionado. Últimamente he intentado no esperar nada de nadie y creo que ha resultado algo, creo que así hay más razones para sonreír que cualquier otra cosa.

miércoles, 13 de junio de 2012

Bisentimiento

Te amo/te odio.
Vuelve, no sé porqué, pero vuelve.
Así lo quiere él,
el enfermo sangrante...
¿Quién lo diría?
¿Quién soy yo para negarle algo tan... Hermoso/jodido?.
/No, no vuelvas.
¿Cómo mierda pudiste hacer eso?
No soy yo quien te perdió,
¡Tú, sí, ¡tú!, ¡tú me perdiste!.
Me lanzaste al mar, con el viento y su caos.
Me lanzaste sin antes dejarme
herido, cojo, mudo y ciego.
Competir invalido es competir perdiendo.
Esencias y perfumes no hay dos iguales...
Ahora, vete y no regreses/regresa.
No me recuerdes, yo no te recordaré/te recordaré.
/Recuerdame, recuerdame como
aquellas noches que se van y no regresan.
Recuerdame como un instante,
como un segundo; como aquellos segundos cuando ries
y no vuelven y se van para siempre...
El amor es grande y mucho más de lo que sabré y sé sobre él.
No lo entiendo y no lo entederé...
Te perdono/¡No te perdono y no te perdonaré!.
Será el verbo imperfecto por siempre.
No, ni perdón ni olvido.
Los dioses perdonan, yo solo soy un simple mortal.
Ahora cargo con tu cruz.
No fui culpable de nada y tengo que pagarlo todo.
La vida no es justa, ¿por qué te debería perdonar?
Nunca en mi vida había tenido tantas razones y motivos
para odiar a alguien /para amar a alguien;
para olvidar a alguien/ para extrñar a alguien
Te deseo amor/perra...
¡Jodete!/¡te extraño!.
En este momento podría ir y correr a tu casa,
ir y gritar que te amo/"perra culiá".
Ir para poder besarte como alguna vez lo hice;
ir y cubiri el cielo con mi noche;
ir y cubiri el cielo con tu dolor/ mi dolor.
La venganza es para los debiles, pero debo decir...
que me gusta lo dulce/lo agridulce.

Diego Cynade.

Nublar tu camino.

Y me encuentro aquí,
en un mar estable, pero con vientos de tormenta.
El clima es así y yo aprendí a vivir así.
El habito hace al hombre
y hoy nos hace...
Recorro tu camino y tú el mio
Si te lo regalé o te lo presté, no sé...
sólo el tiempo lo dirá.
Allá uno a saber cuanto tiempo tendrá el tiempo.
Navego por tu sangre,
navego por tus esencias infinitas.
Descubro lo que ya fue descubierto y más allá.
La desilución es innegable, es humana y no niego mi condición
Espero...
No quiero mentir, aunque debes en cuando,
es necesario.
Hoy no quiero hacerlo nuevamente
y con mi estupidez me planto ante ti.
La espontaneidad es kaos.
He recorrido algo de tu camino
y ya comienzo a cansarme.


Diego Cynade.